12 de mayo de 2012

¡Ay!



  Es lo malo de andar descalzos por el piso. Cuando corremos al teléfono, nos tropezamos con el canto de una cómoda. Cuando salimos del baño, nos torcemos el dedo gordo del pie contra  la pata de una silla. ¿Y ese encontronazo sordo de la espinilla  con el borde inesperado de la cama? ¡Qué golpe (y aun nos mordemos el dedo corazón para repartir el dolor por el cuerpo)! No. Al salir del sueño conviene ponerse cuanto antes las zapatillas y la bata y, más tarde, cruzar el portal firmemente calzados y vestidos. Porque casi todo lo que nos rodea es más duro que nuestra piel. Porque los edificios y las ciudades que habitamos se asientan sobre la hostilidad de las esquinas. 


Fotografía de Cé Tomé

5 de agosto de 2011

Bertolt Brecht: Del nadar en lagos y ríos



En el claro verano, cuando los vientos soplan
solamente en las hojas de los árboles altos,
hay que flotar en ríos o en estanques
como esas plantas donde habita el lucio.
Se hace ligero el cuerpo sobre el agua.
Si se alza el brazo lánguido hacia el cielo,
lo columpia la brisa sin memoria
al confundirlo con morenas ramas.

El cielo a mediodía y su gran calma.
Uno cierra los ojos. Golondrinas.
Barro caliente. Si hay burbujas frescas,
se sabe: nada un pez bajo nosotros.
Mi cuerpo, los muslos y el brazo sereno
yacemos muy unidos en el agua.
Sólo si nos pasan los peces fríos
noto que brilla el sol sobre la poza.

Y cuando por la noche, tras tanto estar tumbado,
entra tanta pereza que hasta moverse duele,
con palmadas, sin dudas, hay que arrojarlo todo
a la intensa corriente de los ríos azules.
Lo mejor es quedarse hasta la noche,
pues llega sobre el río y los arbustos,
malo y voraz, el pálido tiburón del cielo
y cada cosa es como ella quiera.

Por supuesto, hay que echarse boca arriba
según el uso. Y dejarse llevar.
No hay que nadar, no, sólo hacer como si
uno formase parte de la grava.
Hay que mirar el cielo, simular
que nos llevase una mujer, y es cierto.
Sin grandes maniobras, como hace el buen dios
cuando aún nada de noche por sus ríos.  

Bertolt Brecht 

Nota: La traducción es mía y libre, como siempre. 

16 de abril de 2011

Llena de gracia


 
   Perdóname, hijo mío. La vida en Nazaret era muy aburrida; yo, muy inexperta; José, muy feo; el mercader al que hospedamos un par de noches, un grandísimo sinvergüenza; y después, mi mentira, una ocurrencia tan desafortunada. Tu abuelo, un profeta cantamañanas; tú, demasiado obediente; y todos en general, tontos de remate.

9 de abril de 2011

Top of the world (IX)

IX. EPÍLOGO
Interior. Día. Galería llena de puertas deslucidas, desiguales y mal numeradas. Murmura el contador de la luz automática que ilumina débilmente el lugar. Al cabo de un rato se abre con lentitud una de las puertas de la izquierda, por la que se asoma una anciana en bata y zapatillas. La anciana presta atención y se acerca con cautela a la puerta 54, que ha quedado entreabierta. Desde el umbral de la puerta por la que ha salido la observa una mujer de unos treinta años, bien vestida y con el pelo recién cortado. La mujer de la bata se aproxima al lugar donde Manuel y Juan han estado hablando. Mira la cuchara, el botellín de agua, etc.
Hija: ¿Qué es eso, mamá?
Madre: ¿Qué va a ser? Porquería. 
Hija: Hay que hablar con la comunidad. No podéis seguir así. Tenéis que cerrar ese piso o algo.
Madre: Anda, hija, trae la escoba y el recogedor. (La Hija desaparece en el interior del piso. La mujer inspecciona de cerca los restos que ha dejado Juan. Coge la cajetilla, la sacude, la abre, se fija en que quedan cigarrillos. Tira el paquete diminuto de papel de aluminio que Juan dejó dentro y se mete la cajetilla en el bolsillo de la bata. Esto último es observado por la Hija, que se le acerca con la escoba, el recogedor y una bolsa de plástico.)
Hija: Mamá, por Dios, ¿qué haces?
Madre: Es Winston, el que te gusta.  
Hija: No pienso fumar eso.
Madre: Para cuando vengas a comer y te quedes sin tabaco. (Señalando la escoba y el recogedor.) Dame (Barre lo que hay en el suelo y lo mete con el recogedor en la bolsa de plástico.)
Hija: Hablaré con papá. Hay que cerrar ese piso para que no entre nadie.
Madre: Si siempre se cierra, amor. Pero lo abren.
Hija: ¿Y los propietarios? Hablad con los propietarios.
Madre: A saber los propietarios. Ese piso estuvo así desde siempre.  Los propietarios somos todos.
Hija: Pues algo habrá que hacer, ¿no? Así seguirá metiéndose a vivir ahí cualquier cosa.
Madre: Cualquier cosa.
Hija: Sí, mamá, cualquier cosa.
Madre (Mira a su Hija): Nosotros vivimos ahí cuando no teníamos un duro para pagar alquileres. Éramos cualquier cosa, pero nos dejaron en paz. Tú no te acuerdas de nada.
Hija: Algo recuerdo.
Madre: Entonces eras una cría y tu padre un borracho.  (Vuelve con la escoba y el recogedor a su piso.)
Hija (La Hija da algunos pasos hacia su Madre, pero se detiene en el centro del rellano,  de espaldas a nosotros, y mira la puerta 54): Ya lo sé, mamá, pero aquello no era lo mismo.
Madre (Desde el interior del piso): Nada es nunca lo mismo, hija. 

(Se apaga la luz del rellano)
TELÓN

3 de abril de 2011

Top of the world (VIII)

VIII. CENIZAS
Interior. Día. Largo rellano de escaleras. Un hombre de mediana edad habla sobre un adolescente reclinado.

Manuel: Juan (Le toca con una mano. Le toma el pulso.) Juan (Mira un rato la cara de Juan.) Duermes. Descansa. (Coge el maletín, lo abre, observa el interior) Éstas podrían ser tus cenizas, las de Cristian, las mías. Las de cualquiera. (Palpa el contenido del paquete)  Y todas ellas juntas valdrían menos que este paquete de polvo. Cuánto vale la vida.  (Pausa. Se apaga la luz del rellano) Otra vez a oscuras. (Pausa.) Es extraño que en ningún momento se me haya pasado por la cabeza quitarme de en medio. Parece fácil. Pero las cosas te empujan. Uno no puede dejar de respirar. No puede. Ni tampoco hacer que los latidos sean más lentos o más rápidos. No sé. Esas cosas dependen de un cuadro de mandos que no está a nuestro alcance. Es como si se nos ordenase vivir. (Pausa.) Qué tontería. Al alcance de cualquiera está acabar con todo. Quizá tengas razón. Resulta absurdo obedecer sin rechistar esta orden de  conservar la vida a toda costa. Y no hay por qué pasarlo mal. Podemos matarnos. Si es que ya salimos de nuestras madres a gritos, llorando,  confusos, llenos de dolor, traídos aquí a la fuerza. Si un recién nacido pudiese hablar, ¿no pediría volver? ¿Pero quién se acuerda de ese momento?  Después todas las cosas se ponen de acuerdo para engañarnos. El jaco de la vida. Las sábanas calientes, la piel y la leche,  las gracias del sonajero, las canciones junto a la cuna, las risas, las primeras palabras, los cuentos… Cualquier migaja de placer nos hace adictos a la vida y borra nuestra primera certeza: que preferíamos no haber venido, que nos arrancaron de raíz y nos trasplantaron aquí a cojones. Una buena dosis de olvido, pequeñas satisfacciones. Y cuando el lavado de cerebro ya está hecho y hemos saciado nuestros primeros deseos, no queremos volver al lugar del que vinimos. Lo hemos olvidado. Ya estamos enganchados a la vida, así que ni pensar en volver.  La mera sugerencia de regresar al principio nos produce síntomas de abstinencia.  ¿Por eso vivimos de espaldas a la muerte, porque somos unos yonquis de la vida y hemos olvidado de dónde vinimos? Mejor vivir de espaldas a la muerte, mejor cubrirle el rostro con polvos de arroz, ponerle una guadaña y un manto negro y cara de pocos amigos. Y sumar así a la mentira de la vida una doble mentira. Pero quizá la muerte no sea más que un alivio. ¿Para qué vivir contra viento y marea, para qué chutarse diariamente unas cuantas horas de vida? La vida no es una orden. No. Y poder elegir la muerte es nuestra única libertad (Vuelve a mirar a Juan.) Es tu única libertad. ¿Y quieres acabar con ella?
(Se enciende la luz del rellano.)
Manuel: (Guiña los ojos) Mira. Alguien ha dado la luz sin preguntarnos. Así sucede siempre. Las cosas nos pasan sin pedirnos permiso. La vida nos pasa sin pedirnos permiso. Es así de maleducada, ¿qué le vamos a hacer? Estas cosas ocurren porque estamos juntos. Alguien cruza un pasillo y da la luz. Dos personas se juntan y naces. Es un misterio, pero pasa. Lo demás son suposiciones y teorías. ¿Qué sé yo qué es la muerte? Lo hemos olvidado. ¿Qué más da?  Si es mejor o peor que la vida, ¿quién lo sabe? Pero alguien pasa, la luz se enciende, y hay que actuar. (Se oyen voces masculinas del lado de la escalera derecha. Llaman al Pilulas con acento extranjero. Manuel presta atención durante un momento.) Vienen tus amigos. Venga, a levantarse.
 (Manuel coge a Juan por las axilas y lo levanta. Juan se mantiene difícilmente en pie mientras entreabre los ojos. Manuel empieza a arrastrarlo hacia el otro extremo, pero se fija en el maletín abierto y se detiene. Duda. Deja a Juan en la escalera, coge el maletín y lo deja dentro del piso 54. Regresa, rodea a Juan por el torso y se lo lleva a toda prisa hacia la izquierda. Aumenta el ruido de voces.)

26 de marzo de 2011

Top of the world (VII)

VII. MEDITACIÓN EN LOS FIORDOS
mANUEL: Juan, ¿estás bien?
Juan (Sin abrir los ojos): Estoy de puta madre. Este jaco está que te cagas.
Manuel (Da una calada, tose): Verás, lo del paquete, los dos kilos…
Juan: Enciéndeme un cigarrillo.
Manuel: (Le pasa el cigarrillo) Todo esto es... Estás igual que Cris cuando me lo encontré. No sentí nada, ¿sabes? Mi hijo muerto y yo no sentía nada. Cuando me llamó se puso a llorar. Me pedía perdón, pero a mí me daba igual. No me afectaba lo más mínimo. Hace mucho que no siento las cosas. Soy como un tornillo pasado de vuelta.
Juan: La vida es muy chunga, tío. Hay que tirar p’alante. (Se inyecta un poco más. Pausa.)
Manuel: Me llamó a mí. Después de tantos años.
Juan: Hay que ponerse el casco. Pasa cualquier camión de los cojones y acabas en la puta cuneta con la cabeza reventada. Por eso hay que ponerse el casco. Normas de tráfico, tío.
Manuel: Normas de tráfico.
Juan: El Cris nació con un casco de acero puesto. Iba dando cabezazos a todo dios.
Manuel: Cuando me di cuenta de que estaba muerto, me quedé allí, de pie, sin saber qué hacer no sé cuánto tiempo. La tele era lo único que seguía vivo. Luego me fijé en el paquete. Estaba abierto. Me senté a su lado. Pensé: ¿y ahora esto?  Luego…
Juan: El Cris estaba más enganchado a la traición que al jaco. Fallarme a mí. Fallarme a mí. Siempre le moló la maldad. Pero fallarme a mí. A saber qué mierda de plan tenía en la cabeza (Acaba de inyectarse.) Ahora puede hundirse el mundo. Yo me apeo, tío.
Manuel: Voy a quitarte esto.
Juan: Sí, quítame la chuta.
Manuel: (Le quita la jeringuilla. La deja en el suelo. Le baja con cuidado la manga de la chaqueta) Juan, yo nunca le hice nada a Cris. Tú me crees, ¿verdad? (Silencio.) Juan, ¿estás bien?
Juan: En la gloria.
Manuel: Estás muy pálido.
Juan: Estoy de puta madre. Volando en los Fiordos. Ésta es la única felicidad que conozco.
Manuel: Eso es muy triste.
Juan: Es la verdad.
Manuel: La verdad (Pausa.) La verdad no está en los Fiordos, Juan.
Juan (Con voz arrastrada): Es mi verdad, tío. El cielo azul que lo flipas. Ni una jodida nube. Un relax que te cagas. Nieve en la cima, un mazo de nieve, bloques de hielo, y estoy en pelotas pero no hace frío. Si gritamos cae una montaña. Qué altura, tío.
Manuel: (Triste) Top of the world.
Juan: Lagos lagos abajo. ¿Tienes vértigo? Yo no tengo vértigo. Vamos a bajar a ese de allí. Dame la mano, Cris. (Manuel le coge una mano) Hostia, tú eres Manuel, ¿no? No coordino. El Cris se ha largado.
Manuel: Sí (Pausa.)
Juan: El Cris me ha dejado tirado. Ya le vale. Pero no se lo tengo en cuenta, ¿sabes? Fuera de aquí todo es una mierda. Todos nos llenamos de mierda. ¿Quién tiene la culpa? No sabemos nada.
Manuel: Juan, tú me crees, ¿verdad? Yo nunca le hice nada a Cris. Me crees, ¿verdad?
Juan: Te creo, tío.
Manuel: (Llora) Gracias.
Juan: Todos quieren llegar a este sitio, ¿a quien no le mola esto? Pero el camino es chungo. Mono, camellos, ratas, papelinas. Fuera de aquí los Fiordos están boca abajo. Hay que pagar la hostia para  darle la vuelta al mundo.
Manuel: Seguro que hay otros caminos. Yo una vez fui feliz a veces.
Juan: No duermes, no jalas, acabas chupado y siempre te falta guita para unos gramos.
Manuel: Juan, tiene que haber otras formas de estar bien.
Juan: Mi vida es un camino sembrado de chutas, pero lo demás es una puta mierda. Eso del rollo social. A mí no me va el rollo social. Todas esas gilipolleces de la escuela y del trabajo. Engulle mierda. Soporta y produce. Consume y produce. Aguanta las órdenes de cualquier mamón ocho, nueve, diez horas al día. Compite. Para qué. Mira la tele. Envidia. Humíllate. Finge. Véndete a buen precio. Hazte puta. Cuanto más puta, mejor. Compra buena ropa, compra un coche, compra un par de colegas, compra vacaciones en Mallorca y una tía potente. Presume. Qué gilipollez. Compra un piso, un puto agujero en el aire, y paga. Paga, véndete, cobra y vuelve a pagar. Que la mierda circule.  Carga con la mierda que todos te echan encima y ten hijos para soltársela a ellos. Que no, tío. No me mola el rollo social. Prefiero un chute y un viaje a los Fiordos. Aquí se está mejor.
Manuel: Las cosas no son así.
Juan: Tú eres Manuel, ¿no?
Manuel: Sí.
Juan: El padre del Cris.
Manuel: Sí.
Juan: ¿Dónde está el jaco? Los dos kilos.
Manuel: Están aquí, los llevo conmigo en el maletín.
Juan: Cómo cerrabas el pico, cabrón.
Manuel: (Silencio.)
Juan: Tranquilo, tío.
Manuel: Son tuyos.
Juan: Prepárame un chute. A mí no me queda más.
Manuel: ¿Cómo?
Juan: Ya sabes cómo, tío. Agüita, cuchara, limón…
Manuel: Ya sé cómo, pero no.
Juan: Ahora estoy de puta madre. No quiero volver. Quiero quedarme. Hazme ese favor.
Manuel: (Silencio)
Juan: Piénsalo. Deshazte de mí.
Manuel: Estás drogado.
Juan: Sí, quiero estar así siempre. Y no volver. Para qué. En casa de mi abuela ya soy ocupa. Y fuera… Enfermo. El jaco mola durante un rato, el resto del tiempo vives como uno de esos enfermos de coma. A mí no me asusta la muerte. Todo el mundo la guiña antes o después. Nadie sale vivo de de la vida. Vivir lo que a mí me toca los huevos.
Manuel: Estupideces.
Juan: No está Cris. No me lo creo. Estoy la hostia de bien. Puerta. Quiero dormirme y no despertarme más. Y puerta. Tío, deshazte de mí.
Manuel: No cuentes conmigo.  
Juan: Te conviene. Me haces un favor. Te llevas el paquete. Nadie se enterará de nada.
Manuel: Yo sí me enteraré.
Juan: ¿Qué más te da?, ¿no dices que ya no sientes una mierda?
Manuel: Te haces la víctima, igual que Cris.
Juan: Ahí has hablado, campeón, porque soy una puta víctima. No hay mejor salvación que largarse de este mundo cagando leches cuando a uno le sale de los cojones. (Tras un largo silencio, Juan farfulla una canción mientras se va adormeciendo hasta quedarse callado.)

20 de marzo de 2011

Top of the world (VI)

VI. MONO 

Interior. Día. Rellano de un edificio alto y oscuro.
 
Juan: Tengo que irme (Tiembla. Se palpa los bolsillos de la chaqueta. Mira  alrededor.)
Manuel: Tranquilo. (Juan hace amago de irse. Manuel lo detiene.) Espera.
Juan: Es que me siguen.
Manuel: ¿Quién te sigue? Aquí no hay nadie.
Juan: Los negratas. Me siguen desde que salí del bar. Qué marrón, tío. Estarán abajo esperando. ¿Qué voy a hacer? El puto Cris tuvo que esconder el jaco en el piso. ¿Qué puerta es?
Manuel: Ahí no hay nada, Juan.
Juan: Quiero verlo. Y necesito un sitio.
Manuel: ¿Te siguen y te vas a meter en el piso?
Juan: Necesito un sitio, joder.
Manuel: ¿Es por el mono? (Saca una tableta de chicles del bolsillo. Se la ofrece a Juan) Toma uno de estos. A lo mejor te calma.
Juan: Dónde coño lo habrá metido. (Se mete un chicle en la boca sin pensarlo. Mastica. Escupe) ¡Puaj! ¿Qué mierda es esto?
Manuel: Chicles con nicotina.
Juan: ¿Me estás vacilando, tío?
Manuel: A mí me ayudaron a dejar de fumar, pero me enganché a ellos.
Juan: (Recorre las puertas nervioso) ¿Cuál es?
Manuel: Ahí no hay nada.
Juan: Tengo que entrar. Quiero buscarlo yo.
Manuel: La policía lo registró todo.
Juan: Da igual.
Manuel: ¿Crees que dos kilos de heroína son tan fáciles de esconder? (Juan se detiene. Observa  a Manuel y se le acerca lentamente.) Estás temblando.
Juan: (Amenazador) ¿Dónde está?
Manuel: Que ahí no hay nada, Juan.
Juan: ¿Dónde está, maricón de mierda?
Manuel: (Asustado. Señala la puerta) Es la cincuenta y cuatro.
Juan: ¿Dónde tienes el jaco, falso de los cojones?
Manuel: ¿Qué?
Juan: Dos kilos. ¿Cómo sabes que son dos kilos?
Manuel: (Silencio.)
Juan: Te hablé sólo de un paquete negro, ladilla de mierda. ¿Cómo sabes que son dos kilos? ¡Habla! (Juan y Manuel se miran en silencio durante un largo rato) Casi me metes en el bote con tu speech de maricona. Sabes camelar igual que tu puto hijo, pero eres tan falso como él.
Manuel: No.
Juan: (Caminando hacia las escaleras más próximas, las de la derecha) Si no me lo sueltas a mí, ya se lo largarás a ellos cuando te pillen, porque no pienso cerrar la boca. (Se sienta en las escaleras. Visiblemente nervioso va sacando de los bolsillos de la chaqueta un botellín de agua, un paquete de tabaco, un  mechero,  una cuchara, medio limón, una papelina de heroína y una jeringuilla. Manuel se aproxima a él.)
Manuel: ¿Qué haces?
Juan: (Sarcástico) La merienda.
Manuel: ¿Aquí?
Juan: (Juan no hace caso. Intenta echar agua sobre la cuchara, pero está muy alterado. La cuchara se le cae de las manos.) ¡Joder!
Manuel: (Cogiendo la cuchara. Duda, pero se la entrega) Toma.
Juan: (Sin coger la cuchara) Me tiemblan las manos. Ayúdame al menos, ¿no? (Manuel no sabe cómo reaccionar. Empieza a obedecer las órdenes de Juan como un autómata) Llena la cuchara de agua. (Juan se remanga un brazo, da dos vueltas a una goma de pelo que lleva como pulsera y se la ajusta al bíceps.  Le da a Manuel el limón. Sus gestos son agitados, urgentes) Exprime encima. (Le pasa la papelina.) Echa esto y caliéntalo con el mechero. (Mientras Manuel obedece, Juan le quita el filtro a un cigarrillo y echa el tabaco en un trozo de papel de aluminio que luego cierra y devuelve al paquete de tabaco.)
Manuel: Cambia de color.
Juan: Que no hierva.
Manuel: Creo que ya está.
Juan: (Pone en la cuchara el filtro del cigarrillo. Le da la jeringuilla a Manuel y sujeta la cuchara) Espera a que se empape el filtro y pínchalo con la chuta. Tira (Cuando todo el líquido está en la jeringuilla, Manuel la coloca hacia arriba y se queda mirándola. Juan la golpea ligeramente con dos dedos.) Sácale  el aire. (Manuel  empuja el émbolo para quitar todo el aire que pueda haber dentro mientras Juan usa los mismos dedos de antes  para darse golpecitos en las venas del brazo. Manuel  mira a Juan, como sin dar crédito a lo que está haciendo, y le ofrece la jeringuilla. En vez de cogerla,  Juan se mira el brazo y finalmente pone el dedo índice en él.) Aquí. (Manuel duda.) Tío, ¿ayudas o no? (Manuel obedece.) No lo metas todo. Solo un poco. Ya. Déjame a mí. (Juan se recuesta sobre las escaleras sujetando la jeringuilla inyectada con la otra mano.)
Manuel: Necesito un cigarrillo (Juan ha cerrado los ojos y no responde. Manuel se saca el chicle de la boca y coge un cigarrillo del paquete de Juan. Lo enciende nervioso. Tose. Da una calada larga. Observa a Juan.)

7 de marzo de 2011

Top of the world (V)

V. Manipulaciones, lamentos
Interior. Día. Rellano.
Manuel: Está bien, Juan. Juan, las cosas son así. Yo lo he descubierto con el tiempo. Nos manipulamos unos a otros y todos somos un tinglado de títeres movidos por lo que nos sobrepasa. Piénsalo.
Juan (Pausa reflexiva): Qué morro tienes, tío. ¿Me estás diciendo que un crío te obligó a…?
Manuel: ¡Eso es mentira! ¡Mentira! ¡Y no te estaba hablando de eso! Mira, no tengo por qué justificarme de nada. Soy inocente. Yo lo sé. Y eso basta.
Juan: Eso te basta a ti.
Manuel: A estas alturas ya nadie puede exigirme explicaciones, ¿entiendes? Y no es que me baste. No me basta que Carmen no me crea, pero tengo que aguantarme. Mi vida se ha ido a pique. Me he convertido en un fantasma. Eso tampoco me basta. Ya tengo la armadura pegada a la piel. (Pausa.) Y la verdad es que a veces aún pienso, si al menos alguien me creyese. (Tras un largo silencio, con voz insegura): Yo antes no era así, ¿sabes? Tú te tienes que acordar. No tenía esta... Ahora sólo me interesa sobrevivir. Pero entonces… (Pausa. Suspira.) No es fácil volver a aquello. (Pausa.) Verás, Carmen y yo éramos muy niños cuando nos conocimos. Crecimos juntos e hicimos lo que todos esperaban de nosotros. Fuimos novios, nos casamos, tuvimos un hijo. Cristian (Pausa.) Yo qué sé. La quería, en serio. Y quería formar una familia. Siempre me han gustado los críos. Por eso me hice profesor.
Juan: Eso lo tengo claro.
Manuel: Después no sé. Cuando nuestra vida se hizo estable todo empezó a cansarme. Me deprimí. Empezaron a atraerme cosas que siempre me habían dado miedo.
Juan: Bujarra saliendo del armario (escupe.)
Manuel: Decidí afrontarlo. Y a medida que perdía el miedo me fui liberando. Hasta que sin darme cuenta me vi llevando una doble vida. Luego un día Cris descubrió unas revistas. Y le soltó a Carmen aquella mentira.
Juan: Las revistas, me acuerdo. Me las enseñó para demostrarme lo que eres. ¡Un puto pederasta! (Manuel le da una bofetada. Sorprendido, Juan se lleva la mano a la mejilla.) Maricones de mierda. Te estuvo bien lo que te hice.
Manuel: ¿A qué te refieres? ¿A lo de Carmen?
Juan: Eso también.
Manuel: (Desconcertado) ¿Fuiste tú solo?
Juan: Los dos.
Manuel: Hablas de las fotos, ¿no? Supuse que había sido cosa de Cristian, pero no imaginé que tú también… Llegaron metidas en un sobre a nombre de Carmen. Yo mismo lo recogí del buzón después de dar las clases y se lo entregué. No sabía lo que le estaba dando. Eran unas fotos muy malas. No me reconocía en ellas.
Juan: Lo que se veía en ellas no eran putas imaginaciones.
Manuel: No. Pero tampoco era la verdad.
Juan: Una foto vale más que mil palabras, tío. Tú y el tipo ese en pelotas sobando con la boca abierta. El Cris se partía de risa.
Manuel: Las hicisteis los dos.
Juan: Las hizo Cris.
Manuel (Recordando): Fue una de mis primeras veces, ¿sabes? Se llamaba Jorge. Lo conocí en un pub. Insistió hasta meterse en casa. Me contó su vida y me pidió quedarse a dormir. Me daba pena. Había tenido peor suerte que yo. Cris ya sólo se pasaba a comer por casa y Carmen no estaba aquel fin de semana.
Juan: El tipo ese se llama Bananas, es un puto camello además de chapero y el muy cabrón nos sableó sesenta euros por el trabajo. El muy hijoputa dijo que eras demasiado feo y que eso se pagaba. (Ante la incredulidad de Manuel) Que sí, tío. Cris hizo las fotos y yo pagué al marica que al final no te cepillaste. (Larguísimo silencio. Juan reacciona algo arrepentido) Es que el Bananas es un puto as camelando. Sabe hacerse querer. 
Manuel: Da igual.
Juan: Y la Carmen te dejó tirado.
Manuel: No me dejó por eso. Ella ya lo sabía. Lo habíamos hablado muchas veces. Para entonces nos habíamos acostumbrado a vivir como hermanos. Pero le preocupaba quién había hecho las fotos. Yo ya suponía que había sido Cris. No dije nada, pero Carmen llegó sola a la misma conclusión. Algunos días después me los encontré a los dos hablando en la cocina. Cris lloraba abrazado a ella. Carmen me miró con odio. Cris le había contado la misma patraña que a ti.
Juan: ¿Y qué esperabas? Hizo bien en contárselo.
Manuel: ¡Le contó una mentira que me destrozó la vida! (Pausa) Carmen se fue a casa de sus padres algunos días después. Me dijo que no podíamos seguir así, que nuestro matrimonio era una farsa y que me perdonaba lo que le había hecho a nuestro hijo. Se llevó a Cris, pero a los pocos meses tuvo que echarlo. No lo entiendo. Carmen sabía perfectamente cómo era él. Cómo pudo creer que yo…
Juan: Tío, es lo que hay. La tía no es tonta. Algo se olería. (Se apaga la luz del rellano.) La luz.
Manuel: (Hablando consigo mismo.) No hay peor infierno que este. Que no te crean. Todo se convierte en una pesadilla. Estás y no estás. Vives y no vives. Eres Manuel pero ya no eres Manuel. Eres otra cosa. Podrías cambiarte de nombre y no serviría de nada. Ya estás marcado. Lo que le decía caía en sus oídos como en un pozo sin fondo. En realidad lo que decía no caía de mí, no se soltaba, y la verdad se ha quedado dentro convertida en un parásito que se emborracha de sangre y se pudre bajo la piel. Cuando quieres darte cuenta ya estás dudando de ti mismo, ya te has convertido en un fantasma de lo que eras. Porque no te creen.
Juan: Es peor ser un fantasma del mono, tío. Cris era un fantasma del mono.
Manuel: Al principio sufres, te desesperas, lloras. Yo llamaba a Carmen. Iba a casa de sus padres. La esperaba a la salida del trabajo. Pero no me respondía, no me abría la puerta o pasaba de largo sin mirarme. Un día me amenazó con denunciarme a la policía. ¿Denunciarme por qué? (Pausa) Me encerré en casa, eché a Cristian, no quería verlo más, y a mí me echaron del trabajo. Quería morirme. Pero al tocar fondo, sin saber cómo, empieza a invadirte una especie de anestesia. No es sólo el Trakimazin, es algo más. La supervivencia. La vida te empuja y hay que despertarse, comer, lavar la ropa, hacer la compra, ganarse el pan. El dolor seda, y cuanto más te seda, más y más transparente te vuelves. Lo pierdes todo y ya nada te importa. Crees que cualquier cosa es posible, que un día podrías despertarte en otra época de tu vida. No te sorprendería. Hasta que llega el momento en el que decides que lo mejor es no pensar ni sentir. Es sencillo. Sólo hay que respirar, comer, dormir como puedas. Nada más se le exige a uno. Y la verdad, la mentira, no son más que trajes que uno puede llevar. Eso es lo que descubres con el dolor. La única verdad que existe. Que lo real e irreal no son más que apariencias.
(Juan se levanta a oscuras y enciende la luz. De regreso al sitio en el que está Manuel, se le nota más nervioso de lo normal. Acusa síntomas de abstinencia.)
Manuel: ¿Qué más hicisteis?
Juan: Ahora da igual.
Manuel: Dímelo.
Juan: No va a cambiar nada que te lo largue ahora.
Manuel: Dímelo.
Juan: Estoy hecho polvo. Me siento como una colilla pisoteada.
Manuel: (Silencio.)
Juan: A Cris se le ocurrió mandar las fotos a otro sitio.
Manuel: ¿A la escuela?
Juan: Con una carta. Tengo que largarme.
Manuel: Ya… Sí, ahora todo eso ya da igual.
Juan: Estoy chungo. Tengo que largarme.
Manuel: ¿Qué te pasa?
Juan: Y me van a pillar, tío. Tengo que largarme.
Manuel: Estás sudando.